
La gente viene y va en estos tiempos truculentos que corren. El MSN debe ser, sin pensar demasiado, el mayor exponente a la hora de mostrarnos esto. Fue hace unas semanas cuando una de estas vueltas trajo a Olmedo… Graciela (no hay parentescos antes de que lo pregunten, lo sospechen o, sencillamente, lo afirmen) de quien no tenía noticias hacía varios años, luego de un incidente con un reloj que al día de hoy no se han esclarecido (oremos que algún día el objeto hermoso que decía “Gallego” aparezca sano y salvo en mi muñeca). Grace volvió con más interrogantes que respuestas, de hecho creo que sería: con más irritantes conclusiones que refrescantes enseñanzas.
De casualidad estaba escuchando por internet un programa de radio que hace un amigo de Congo al que he visto contadas veces en mi vida (pero que he visto y eso es lo que viene al caso), el MSN me delataba que era su oyente y esto le llamó la atención a la reaparecida en cuestión quien me escribió sorprendidísima: -uy vos escuchas el programa de mi amigo, que es el que conduce- (desde luego que esto es menos literal que el peor de los recuerdos, pero el argumento consistía en eso basicamente). Shock instantáneo. Esta chica que conocía por Julián (de un cumpleaños) conocía a este tal “diego el locutor” al que conocía por Congo (Osvaldo Juan López Herrera) que conocía él de su estadía por el Liceo en sus años de adolescencia y violencia estudiantil. ¡O sea que por distintos caminos llegamos a la misma persona! Esto es algo que irritaría a cualquiera (bueno, de seguro muchos se limitarían a decir “que chico es el mundo” y cursilerías semejantes que obviamente yo también dije en ese momento) e inmediatamente le comenté mi malestar, mi no-independencia. Lo cierto es que no pareció entenderlo enseguida pero yo ya lo veía todo claro. Ella era solo una punta de la gran catástrofe que me aquejaba: la de darme cuenta que era un ser público, como todos en realidad. Gracias a esto me daba cuenta que si ella conocía a alguien que me conocía por otro alguien entonces siempre iba a haber “alguien” que me conozca. Todos estamos interconectados en una población que hasta este momento creía cierta su jactancia del “ser anónimo”. Capital no es más anónima que un pueblucho bonaerense, está tan inserta en este circuito como cualquier otro lugar del mundo. Estaba frente a la develación de una forma “comunista” de amistad: ¡Todo es de todos! Ya no había amigos (técnicamente sería “gente”) propia y únicamente mía. Gente que solo yo conocía pues de seguro esa conocería a alguien más y ese otro a otro y así. Gracielita solo era la punta del roñoso iceberg. Ingenua y felizmente me mostraba esta supuesta coincidencia mientras yo sufría sabiendo que todos los lazos están atados y no podemos zafarnos
29-4-07

