
Bien sabido es que mis padres cuando se van de vacaciones me dejan montones de comida, pero siempre olvidan lo más importante: la bebida (¿El chúpele se entiende, no?). Lo realmente curioso es que en esta nueva partida las cosas cambiaron drásticamente, fue al llegar a la despensa, a buscar la botella que durante dos años consecutivos pongo en la heladera esperando que algún día sea tomado por fin, cuando me encontré qué esta vez había cervezas, y no una suelta, como disimulada, ¡No! ¡Había cuatro cervezas! Mi alegría se desmoronó rápidamente al advertir algo inquietante: las cuatro eran de marcas distintas: Budweiser, Quilmes, Schneider y una Stella Artois. Es necesario aclarar que de estas marcas una es odiada por mi padre, dos le resultan insignificantes a su paladar y solo una es comprada con frecuencia. -¿De qué se trata todo esto?- Me pregunté sin vacilar. Entendí que me habían tendido una trampa. Evidentemente sabían de mis encanutadas alcohólicas, mis tapaderas, mis reposiciones a último momento. Me pusieron la tentación, como ratón de laboratorio me dejaron todas estas marcas. ¿Cuál elije mi hijo? ¿En qué orden las tomará? ¿Podrá abstenerse acaso? La pregunta mia era: ¿A su regreso seré un Pinky o un Cerebro?
Siendo la tarde me siento seguro de que saldré bien parado, pero luego re-pienso y recuerdo que la noche es larga, que estos días son calurosos, húmedos, que mi garganta se seca constantemente, que la cerveza combina con todo y con todos. Como el Cerebro que soy ahora sé que antes de la medianoche gritaré: ¡Narf! E iré corriendo a la rueda, hasta la trampa del queso.
Que predecible que soy, que poco raciocinio tengo cuando se trata de tentaciones.
