
Todos dormían cuando el se despertó pegoteado de la humedad que cubría toda su pieza. Trató de todas las formas posibles de retomar su último sueño en el que viajaba a un lugar al que nunca llegó porque una vez más solo podía dormitar. Fastidiado como toda la semana se vistió y salió a dar unas vueltas a aquellas cuadras que pocas satisfacciones le habían dado. Ni un cuerpo caminando aquellas veredas, nadie ni muerto ni vivo que le sirviera de compañía aunque fuera anónima, nadie que buscara lo que él. Ni una secreta alma quedaba. Todos dormían ya. Eso no le impediría sentirse solo, aún tenía su imaginación, cuando nadie está para uno, uno debe estar para si mismo y así fue. De pronto los edificios comenzaron a desmoronarse, del asfalto brotó arena, la noche se hizo día y el mar se hizo presente. Recordó una malla que siempre le había gustado mirar colgando de una percha metálica, de la que siempre lo separaba un inmenso vidrio refregando apetitosas ofertas. Ahora tenía la malla y el agua a su entera disposición. Todo estaba como el quería y una enorme sonrisa le llenó el rostro. De repente un golpe le partió súbitamente el pecho, vio todo monótono y aburrido. Ya no le agradaban las olas de su mar, la arena comenzaba a pegarse a su cuerpo y el sol le descascaraba su blanca piel. Miró todo con la satisfacción de que sería la última vez y vio renacer los edificios y la noche, el asfalto recuperó su terreno a una velocidad increíble. -Así esta mejor – pensó y volvió a su casa, abrazó sus sábanas, cerró los ojos y soñó que estaba contento rodeado de tanto sol y mar… allí todo era paz.
8-2-05
