
El título es tan claro que explayarme respecto a qué me refiero sería redundante a más no poder. De seguro todos más de una vez (o al menos una) debimos por obligación someternos al acecho de una polaroid, amurarnos y enderezarnos frente a un fondo blanco o azul y tratar de poner cara de: “vieron que soy un chico bueno, cómo me van a detener”. Desgraciadamente esta cara es muy difícil de conseguir y uno, casi sin una bendita excepción, jamás lo logra.
Durante generaciones se han intercambiado fotos 4 X 4 entre amigos deseosos de carcajadas, se han organizado campeonatos de carácter interbarrial para elegir la peor de las caras carnet. Esto ha sabido alegrar la infancia y cuasi-adolescencia de más de uno… Sólo que no es ése el fin de esas fotografías y, a medida que uno va creciendo, deja de reírse para dejar lugar al espanto. Mira una y otra vez su reciente fotografía y hasta decide pagar nuevamente al japonés por una nueva y breve sesión, con la esperanza de que esta vez salga mejor que la anterior. De más está decir que jamás sucede, de hecho sale peor y, cuanto más se repite el flash, peor es el resultado. La tensión de querer salir mejor que antes, como es de esperarse, es el principal motivo de que la foto sea un desastre y haga que aquella pobre persona salga llorando sin un centavo y sudando llegue con su foto al registro civil. Horas enteras de espera sufrirá este sujeto sabiendo que su momento irremediablemente llegará y que, si sale corriendo, indefectiblemente terminará tras las rejas con su foto 4 X 4 en un sumario policial.
No queda más que afrontar este problema y esperar lo inevitable: que llegue el momento en que digan nuestro nombre. Será acercarse al hombre bigotudo, o la gorda mujer cansada de las solicitudes que, sin ganas, nos dará una larga lista que deberemos completar con letra legible de imprenta. Esto resultará imposible por el temblequeo que sufre nuestra mano y las gotas nerviosas que corren la tinta. Luego de tomarnos las huellas dactilares (que en ese recinto puede ser visto como algo bastante lúdico, que puede servir para calmar un poco nuestros nervios) inexorablemente llegará el momento en que nos pidan las fotos. Las sacaremos del bolsillo más oculto y las miraremos largamente, levantaremos la vista y veremos la impaciencia del empleado. No queda otra- pensaremos y las entregaremos cerrando los ojos. Sin mirarla siquiera, él la colocará en varios papeles que sellará y firmará sin darle importancia. Nos despedirá, nos quitará el abultado dinero correspondiente a este tipo de trámites y nos exigirá que nos larguemos.
¿Cómo no hacerlo? Todo ha terminado y la monstruosa fotografía ni siquiera fue tomada en cuenta. En este momento razonaremos, una ráfaga de inteligencia nos caerá con la más bella de las fuerzas. Miles de solicitudes les llegan a estos sujetos de gris y está más que claro que nuestra foto que tanto nos avergüenza de seguro no podrá superar a la del pobre tipo cuyo nombre debe ser comentado día tras día en los pasillos, aquella cara que es motivo de risas que trascenderán generaciones, un rostro que jamás será olvidado, pues ha salido tan mal que no pueden darle tal privilegio. Aun así, cuando debamos volver a esas oficinas sentiremos los síntomas de la primera vez. Aunque recordaremos nuestra auto-enseñanza, iremos con la amenazante duda de que quizás nuestra pequeña foto carnet sea la encargada de desplazar a la monstruosa foto y ganarse un lugar como comentario y risa obligado de varias generaciones.
Durante generaciones se han intercambiado fotos 4 X 4 entre amigos deseosos de carcajadas, se han organizado campeonatos de carácter interbarrial para elegir la peor de las caras carnet. Esto ha sabido alegrar la infancia y cuasi-adolescencia de más de uno… Sólo que no es ése el fin de esas fotografías y, a medida que uno va creciendo, deja de reírse para dejar lugar al espanto. Mira una y otra vez su reciente fotografía y hasta decide pagar nuevamente al japonés por una nueva y breve sesión, con la esperanza de que esta vez salga mejor que la anterior. De más está decir que jamás sucede, de hecho sale peor y, cuanto más se repite el flash, peor es el resultado. La tensión de querer salir mejor que antes, como es de esperarse, es el principal motivo de que la foto sea un desastre y haga que aquella pobre persona salga llorando sin un centavo y sudando llegue con su foto al registro civil. Horas enteras de espera sufrirá este sujeto sabiendo que su momento irremediablemente llegará y que, si sale corriendo, indefectiblemente terminará tras las rejas con su foto 4 X 4 en un sumario policial.
No queda más que afrontar este problema y esperar lo inevitable: que llegue el momento en que digan nuestro nombre. Será acercarse al hombre bigotudo, o la gorda mujer cansada de las solicitudes que, sin ganas, nos dará una larga lista que deberemos completar con letra legible de imprenta. Esto resultará imposible por el temblequeo que sufre nuestra mano y las gotas nerviosas que corren la tinta. Luego de tomarnos las huellas dactilares (que en ese recinto puede ser visto como algo bastante lúdico, que puede servir para calmar un poco nuestros nervios) inexorablemente llegará el momento en que nos pidan las fotos. Las sacaremos del bolsillo más oculto y las miraremos largamente, levantaremos la vista y veremos la impaciencia del empleado. No queda otra- pensaremos y las entregaremos cerrando los ojos. Sin mirarla siquiera, él la colocará en varios papeles que sellará y firmará sin darle importancia. Nos despedirá, nos quitará el abultado dinero correspondiente a este tipo de trámites y nos exigirá que nos larguemos.
¿Cómo no hacerlo? Todo ha terminado y la monstruosa fotografía ni siquiera fue tomada en cuenta. En este momento razonaremos, una ráfaga de inteligencia nos caerá con la más bella de las fuerzas. Miles de solicitudes les llegan a estos sujetos de gris y está más que claro que nuestra foto que tanto nos avergüenza de seguro no podrá superar a la del pobre tipo cuyo nombre debe ser comentado día tras día en los pasillos, aquella cara que es motivo de risas que trascenderán generaciones, un rostro que jamás será olvidado, pues ha salido tan mal que no pueden darle tal privilegio. Aun así, cuando debamos volver a esas oficinas sentiremos los síntomas de la primera vez. Aunque recordaremos nuestra auto-enseñanza, iremos con la amenazante duda de que quizás nuestra pequeña foto carnet sea la encargada de desplazar a la monstruosa foto y ganarse un lugar como comentario y risa obligado de varias generaciones.
24-05-06

2 comentarios:
Este me gustó, pero yo tengo la prueba de que no todos salimos mal, yo salí re lindo. Y soy testigo de tu fotos sin barba o con demasiada donde pareces un terrorista.
Vivan las camaras digitales de los chinos!
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